Ambrose Bierce, gringo viejo – por CHEMA BASTOS

En la novela Gringo Viejo Carlos Fuentes relata los últimos días de la azarosa vida del norteamericano Ambrose Bierce, una historia que fue llevada luego al cine con Gregory Peck en el papel de este ácido periodista, escritor, y aventurero empedernido. Tanto la película como la novela en realidad recrean lo que pudieron ser las ultimas andanzas de Bierce, ya que lo poco que se sabe es que despareció en Méjico cuando seguía como observador al ejército de Pancho Villa, protagonizando un digno final a una vida digna a su vez de varias películas y novelas.

Dicen que los estadounidenses no reflejan en sus películas su estilo de vida sino que su vida trata de reflejar más bien lo que ven en las películas. Ambrose Bierce, junto a Jack London o Mark Twain, pertenece a una generación de escritores americanos con unas trayectorias tan fascinantes que resulta difícil saber si sus novelas son autobiográficas, o sus biografías son deliberadamente novelescas, llenas de aventuras, ruinas, conflictos, anécdotas, batallas y sobre todo muchos viajes, tantos que al último de los citados sus amigos le escriban a la dirección “Mark Twain, Dios sabe dónde” (A lo que alguna vez contestó con un lacónico “lo supo”)

Ambrose Bierce nació en 1842 en una cabaña de madera de Ohio, décimo hijo de Marcus Aurelius Bierce, el cual bautizó a todos con nombres que empezaban por la letra A: Abigail, Amelia, Ann, Addison, Aurelius, Augustus, Almeda, Andrew, y Albert,

Sus padres tenían muchos más libros que dinero, y seguramente por eso con 15 años Ambrose ya trabajaba de aprendiz en un periódico local. Con 20 años se alistó en el Ejército yanqui durante la Guerra de Secesión, en donde ya cobró cierta fama al rescatar bajo el fuego sudista a un compañero herido, y participó en la batalla de Shilloh, una de las más cruentas de la Guerra Civil Americana, de la que se llevó dos cosas: una experiencia aterradora que plasmó en sus escritos, y una herida grave en la cabeza. Tras la Guerra, para descansar un poco, se unió a una expedición de más de 2.500 kilómetros a caballo desde Nebraska a California, y después inició su carrera como periodista que se desarrolla, en San Francisco salvo un periodo de tres años en Londres.

Contratado por  W.R. Hearst, se convirtió en uno de los más influyentes editorialistas y periodistas de EEUU. La anécdota más conocida de su carrera refleja el carácter indómito y el ingenio de este tipo, un ejemplo para los de su profesión. En 1896 fue enviado a Washington a denunciar un intento de corrupción masivo, por el que las compañías de ferrocarriles americanas estuvieron a punto de lograr una decisión secreta del Congreso que les condonara la deuda de 130 millones que tenían con el Tesoro público americano. En las mismas escaleras del Capitolio, el autor de la trama corrupta trató de desacreditar a Bierce, preguntándole delante de todos cuál era su precio. Su respuesta se convirtió en titular al día siguiente en todos los periódicos:

Mi precio es de ciento treinta millones de dolares. Si cuando vaya Ud a pagar, resulta que yo me encontrara fuera de la ciudad, puede ud. entregárselo a mi amigo el Tesorero de los Estados Unidos de América”

Las últimas palabras conocidas de Bierce indican igualmente de qué clase de hombre hablamos. “En cuanto a mí – escribió a un amigo – mañana parto a un destino desconocido”. No se supo más de él, ni de las causas de su desaparición. Bierce sufría dos dolencias muy peligrosas para su salud; el asma y su lengua viperina. Teniendo en cuenta la tolerancia de Villa a la crítica, tanto una como otra pudieron haberle matado en Méjico, y de hecho la leyenda popular dice que el revolucionario lo ordenó fusilar en la tapia de un cementerio.

La obra literaria de Bierce se limita a una serie de relatos, entre los que destacan Un incidente en el Puente del Búho; y sobre todo el Diccionario del Diablo, en el que vierte toda la mala leche y la agudeza que le hicieron famoso. Con la coartada de definir distintos conceptos el periodista aprovecha para disparar en todas direcciones, sin dejar un enemigo vivo. Por estricto orden alfabético, va colocando en el paredón todas las instituciones, costumbres y actitudes de su época, ensañándose especialmente con la hipocresía, la avaricia, la política y la autoindulgencia del ser humano.

Así por ejemplo, define un aborígen como aquellos “seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto, y que pronto dejan de entorpecer para empezar a fertilizar”. Un almirante es “la parte del buque que se encarga de hablar, mientras el mascarón de proa se encarga de pensar”. Un conocido es “la persona a quien conocemos lo bastante para pedirle dinero, pero no tanto como para prestárselo”, mientras que un critico es “el que se jacta de lo difícil que es satisfacerlo, porque nadie pretende satisfacerlo”. El destino es “la justificación del crimen de un tirano y el pretexto del fracaso de un imbécil”, y la economía la “compra de un barril de whisky que no se necesita por el precio de una vaca que no se tiene”. Y el precio es “el valor al que añadimos una suma razonable por el desgaste que sufre la conciencia al exigirlo”. Un egoísta” es “la persona de mal gusto que se interesa más en si mismo que en mí”. La frenología es la “ciencia de aliviar el bolsillo a través del cráneo, localizando y explotando el órgano con el que uno es tonto” . El valor es “la virtud castrense en que se mezclan la vanidad, el deber y la esperanza del tahúr”.

Algunas entradas son lapidarias, como la que define el aplauso como “el eco de una tontería”, el cleptómano como “un ladrón rico”, o la que identifica la impunidad con la riqueza. En muchas utiliza con especial brillantez la metáfora, con un estilo que recuerda a la greguerías de Ramón Gómez de la Serna, como cuando define filántropo como un “anciano caballero, rico y generalmente calvo, que ha aprendido a sonreír mientras su conciencia le roba los bolsillos”

A este humilde cronista aficionado y jurista de profesión, cuando no justo al revés; le resultan especialmente lúcidas las definiciones relativas a la justicia y el derecho, con los que Bierce se ceba. Apelar es “en lenguaje forense volver a poner los dados en el cubo para un nuevo tiro”. El Habeas Corpus es “el recurso judicial que permite sacar a un hombre de la cárcel cuando lo han encerrado por el delito que no cometió, y no por los que realmente cometió”; mientras que cómplice es el “que con pleno conocimiento de causa se asocia al crimen e otro, como el abogado que defiende a un criminal, sabiéndolo culpable. Este punto de vista no ha merecido hasta ahora la aprobación de los abogados, porque nadie les ofreció honorarios para que lo aprobaran”

El lector encontrará en muchas definiciones un aspecto que llama mucho la atención. Cuando leemos que el radicalismo es el “conservadurismo de mañana inyectado en los negocios de hoy”, el teléfono , “una invención del demonio que suprime alguna de las ventajas de mantener a distancia a una persona desagradable” y la amnistía es “la magnanimidad del Estado para con aquellos delincuentes a los que costaría mucho castigar”; sorprende la perfecta vigencia de la critica que contienen y su aplicabilidad a la crisis que sufrimos. Mucho me temo que esto se debe tanto a la clarividencia del autor como a la persistencia en nuestras miserias como sociedad. Pero igual es que me he contagiado del escepticismo de “Bitter Bierce”.

 Ambrose

Chema Bastos

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