Amanecer en Los Alcázares

Mi adorado Marcel Proust tenía su paraíso: Balbec (Cabourg) y su playa, desde donde contemplaba el sol, a los paseantes, a las muchachas. Visitó Cabourg a los diez años, acompañado de su abuela a curar su asma, pues las aguas de Cabourg eran famosas por sus efectos medicinales, acompañado de su abuela. Recuerdo vivamente un pasaje del segundo tomo de En busca del tiempo perdido en que describe a lo largo de muchas páginas el ambiente cambiante de la playa.

Pues, al igual que Proust, tengo mi pequeño paraíso: Los Alcázares. No es lo mismo, no tiene el mismo glamour, pero es mi paraíso.

Los Alcázares es el pueblo del Mar Menor, en Murcia donde vivo desde hace cuatro años de modo continuo y donde he veraneado desde muy niño. No es un lugar excesivamente bonito. La arquitectura tradicional (casas bajas de pescadores) casi ha desaparecido y, con el crecimiento a base de urbanizaciones que tuvo en la década pasada, ha pasado a ser un pueblo sin demasiada personalidad.

Pero hay algo en él que me subyuga: sus amaneceres. Muchas mañanas, cuando me preparo para ir al trabajo, me bajo a la playa, meto los pies en la arena, contemplo el sol que nace, medito un poco, rezo, respiro hondo, activo la cámara fotográfica del móvil y recojo el instante. A menudo acabo subiendo la fotografía a Instagram y a otras Redes Sociales o sorprendo a algún amigo o a alguna chica regalándosela a través de Whatsapp.

Y es que no hay un amanecer igual. Unas veces estamos solos el sol, el cielo, la playa y yo. Es uno de esos días de verano calmados, donde ya se ve gente corriendo o andando por el paseo marítimo y a los primeros bañistas. Ni una nube, sólo el azul del mar, el cielo y el amarillo del sol. Otros días, pocos, el cielo se ennegrece y se impone el gris. El sol no se ve y el mar se embravece con poca fuerza, la verdad sea dicha, pues es lo que tiene el Mar Menor, que no es mayor aún como para enfadarse de verdad. Sin embargo, muchos amaneceres nos acompañan las nubes que se quieren unir al acontecimiento del amanecer. Así, ya somos cinco: el sol, el mar, la playa, las nubes y yo. Ni el sol se ha impuesto, expulsando a las nubes, ni las nubes han triunfado, ocultando el sol. Es entonces cuando el colorido del amanecer se muestra con rostros muy diversos: unos días es blanco, cuando las nubes bajan mucho, dejándose tocar; otros, es amarillo e incluso dorado, cuando el sol trata de colarse bajo un toldo de nubes; también, si las nubes están rasgadas, rotas se impone el rosa, e incluso el rojo con una gran potencia; también llega el marrón e incluso el raro azul y el no menos extraño verde.

Por ello me siento afortunado. Todos necesitamos un momento, un lugar y un tiempo para el asombro, la calma, la quietud y la comunión con la naturaleza. Yo lo he encontrado en el amanecer en Los Alcázares. Si algún día lo pierdo, lo echaré de menos, pero quizá me sirva para valorarlo con más amor y cariño y para vivir del recuerdo.

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Juan Carlos Vivó

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