Amalia Rosa, por DANIEL CARAVELLA #relatos

“Allí, en su zaguán florido, sentada sobre una mecedora de cerezo, la veía todos los días, donde pasaba las horas deshojando margaritas”.

Amalia Rosa se pasó, todo lo que él recuerda de su vida, pegada a millares de flores de margarita. Separaba cuidadosamente cada uno de los pétalos, con tal esmero, que se decía que ni siquiera los tocaba. Nadie vio nunca un pétalo de aquellas flores, mal cortado, roto, o doblado. Los más pequeños del lugar se sentaban a su vera y cantaban a coro “Si, No, Si, No”,  y en algunas ocasiones “Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere”, lo que le valió el sobrenombre de “Indecisa”, aunque nadie se atrevía a decirlo en su presencia.

Amalia Rosa conocía todos sus usos y no había nadie en el pueblo que no se hubiera recetado con una de sus margaritas.

– “Ay, Amalia que Elisenda me anda tontiando y se ve opulenta. No me quiere comer, que liago”

– “Toma, estas flores conservadas en vinagre vienen bien para abrir el apetito, y que no haga tonterías, ha salido igual que su tía y ya ves, trae locos a todos los chicos del pueblo”.

– “Comadre Amalia, con qué se pueden curar estas llagas que tengo”

– “Déjame ver. Toma, hierve este saco en un litro de agua, lo retiras del fuego, dejas reposar quince minutos y luego lo cuelas. Te servirá para limpiar las llagas, luego coges de este otro y las aplicas directamente sobre las llagas y las tapas con una gasa limpia y seca, ya verás cómo te cicatrizan pronto”.

Todo eso, sin contar los innumerables atracones, fiebres, toses, y hemorragias post-parto que también había tratado. En aquel zaguán había todo tipo de preparados de manzanilla, hasta para la limpieza y conservación de la ropa. Esa era su vida, y todas los días la contemplaba al pasar, cuando con mis tres mulas iba acarreando hacia la hacienda de don Críspulo, bien fuera la paja para las caballerizas, las hojas de tabaco de las plantaciones vecinas, el agua, o los pedidos que venían de la capital a su nombre.

Una buena mañana delante del zaguán contemple como el hijo de D. Críspulo, el joven Carlos Alberto, un joven mal encarado y grosero, empezó a gritar, “Indecisa, Indecisa, que mi padre necesita manzanilla para curarle su tripita” Amalia Rosa no medió palabras con el insolente, simplemente hizo un gesto para que se acercara, y extendiendo la mano dejó caer sobre las suyas un saquito con la manzanilla. Ella sabía que Evelia, el ama de llaves de don Críspulo, sabría perfectamente que preparar para esta dolencia, ya más que habitual en el señor de la casa. A la mañana siguiente, a la misma hora, el joven volvió a las andadas, “Indecisa, Indecisa, que mi padre necesita manzanilla para curarle su tripita” De nuevo, Amalia hizo caso omiso y repitió la maniobra del día anterior, y lo mismo hizo los siguientes dos días. A la mañana del quinto día cansado de las tonterías del joven, adelante mi paso por casa de Amalia Rosa para esperarlo y evitar su comportamiento. Efectivamente, tal y como había pensado Carlos Alberto se presento frente al zaguán de Amalia, y antes que articulase palabra le dije “Carlos Alberto, procure no faltar el respeto un día más a Amalia Rosa, que va a tener un problema muy serio, pues ni a mis mulas, ni a mí, nos gustan sus canciones matutinas” El joven entonces remedó su actuación de los días pasados, y voz en grito dijo “Indecisa, Indecisa…” Jacoba, la mula más próxima al joven, disparó una coz en toda la tripa de Carlos Alberto, que de forma fulminante cayó al suelo, dos metros más allá dicho sea de paso. Amalia Rosa se giró, cogió otro saquito, se aproximó al joven, y acercándose a su oreja le susurró, “que mi padre y yo necesitamos manzanilla, pues nos duele la tripita”

Por descontado esa mañana, mi triada de mulas me acompaño a la hacienda de D. Crispulo con su pedido habitual, y una carga especial, que aunque talludito, no significaban sobre peso para las tercas, y mucho menos para Jacoba. Al llegar al hato D. Crispulo me salió al encuentro y antes de preguntar nada, acerté a decirle  “El señorito ha tenido un encontronazo con Jacoba cuando ha bajado a pedir a Amalia Rosa, la manzanilla para usted” D. Crispulo, miro al hijo, después saco unos billetes de su bolsillo, y sin más palabra que “Con esto están tus servicios cancelados” se dio media vuelta y se perdió entre las caballerizas.

Camino de vuelta, al pasar por casa de Amalia Rosa, la joven se aproximó para interesarse por el joven. – Esta bien,  lo he dejado en la hacienda, y él me ha dejado sin ella. En fin, me toca buscar otra carga para mis tercas, pues con D. Crispulo se acabo el pastel.

– Bueno, respondió Amalia Rosa, quizás no haya mal  que por bien no venga. Tengo que empezar a mandar pedidos a la capital todas las semanas, y voy a necesitar ayuda, y por supuesto un transporte eficaz y de alguien honesto.

Y así fue como empezó mi relación con Amalia Rosa, como porteador de confianza, y no pasó mucho tiempo, no, que tan hábiles manos que van de flor en flor, me contara sus cuitas, y el honor de su secreto en paño de oro guardado, el de cómo deshojar su Margarita.

 

AMALIA ROSA

 

Daniel Caravella

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