Alternancia de jardines – por MARIBEL MONTERO

Los jardines se extralimitan en sus pompas,
árboles de un verde cansino se prestan obedientes
a los caprichos de las sombras,
piedras veniales se miran en los espejos
fracturados de la gravilla.

Mundos cargados de un éxtasis doliente se perfilan como un pesado ocaso.
Hay quien espera todavía un milagro y se encuentra con un invernadero
y una flor de jabón que flota sobre la cabeza en vano.

Esperan tal vez hallar en los jardines lo que perdieron en la ciudad
y andan por ahí, tanteando con un bastón las cortezas, pisando la
yerba que crece a contrapelo, esquivando a las abejas embelesadas.

Entro en el jardín parcialmente nuboso
bajo el discurso oficial de los vencejos.
La gran ambición de las termitas, el rebullir de los hongos
toda esa vida secreta, puntillosa, de excursión de fin de curso
ya no me afecta. Perdí la capacidad de sorprenderme.

No hay anhelo que me cosa al ramillete
de ojos fosforescentes de las hortensias,
necesito que todo salte por los aires, que el pie reviente el zapato
que la porción de verdad que encierra este lugar
salpique de sangre a las indiferentes lagartijas.

Desanduve por primera vez los paisajes familiares
con mis botas de dudas y de cemento.
Tuve miedo de perderme bajo el pesado manto de los robles.
El camino bifurcado impuso su rebelión a mis pies inexactos
calientes de raíces.

Como un totem señalando una nueva dirección: allí estaba mi otero.
Alto y puro como una llamarada, altar sin artificio, edificio sólido
en la tarde áspera.
Hay días que soy feliz entre un rebaño de nubes.

 

Maribel Montero

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