Almas gemelas – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO

A ti, mi amor, por tantos y tantos días con los que me obsequiaste:

Observo al sol bostezar, mi corazón se agita, contengo la respiración para oír mejor tus pasos;  pasos que una noche más no me dejarás escuchar. Nada. Sólo el silencio acompañado de mis latidos, cada vez más lentos, rezagados en la carrera. Y mi imaginación soñando con tu regreso, esa que musita a mi oído las palabras que en otro tiempo te pertenecieron.  Y la pluma rasgando el papel, mis últimas líneas.

No sé cómo empezó todo; de golpe, mi vida comenzó a declinar por una pendiente demasiado escorada. Y ahora…, ahora me encuentro perdida. Cómo plasmar en unas palabras mis sentimientos, cómo convencerte de que tu sitio está  junto a mí, de que sin tu sonrisa  languidezco. No, mi amor, esto no se hace, no tienes derecho a quitarme la vida, no puedes cerrar todas mis ventanas, ni privarme del aire para respirar.

Continuamente recuerdo nuestra vida en común; nos conocimos por casualidad. Yo aún llevaba uniforme, una niña con dos largas trenzas que te espiaba a través de los barrotes de la puerta del colegio. Todas las tardes recogías a tu hermana pequeña, plantabas un beso en su mejilla y os alejabais, las manos entrelazadas. Cuántos días añoré un beso tuyo. Y tú sin darte cuenta siquiera de mi presencia. Hasta aquel día en el que alargaste el brazo y pellizcaste con ternura mi mejilla.

  • Hola, ¿has visto a mi hermana? Debería estar aquí ya.- No fui capaz de articular palabra,  tragué saliva y con un dedo te indiqué por donde llegaba.
  • Gracias… – musitaste cerca de mí, muy cerca – Por cierto, ¿cómo te llamas? Te veo todos los días aquí y ni siquiera sé tu nombre.

Fue el principio de una preciosa historia de amor. Los días corrieron; todas aquellas  tardes detrás de la verja protectora eran mi aliciente.  Sin casi darme cuenta, soñando despierta y dormida contigo, mis pasos me condujeron a la Universidad. Recién llegada, añoraba aquella verja que me vio crecer. Plantada en el vestíbulo, sin saber dónde dirigirme, sentí la presión de una mano en mi hombro. Di un respingo para encontrarme frente a frente contigo. De nuevo. Supongo que lo sabrías, que adivinaste ya hacía tiempo que me licuaba ante tu presencia. Me miraste de arriba abajo, alzaste las cejas, y tras un carraspeo, sólo dos palabras; “estás preciosa”. Desde entonces, me convertí en la mujer que esperaba el beso en la mejilla a la salida de clase, o el abrazo prolongado antes de bajar en la parada de autobús que me conduciría a casa. Un año y otro se solaparon y sin casi darme cuenta, allí estábamos, uno frente al otro, las manos enlazadas, la mirada clavada en nuestro corazón, el “sí, quiero”, casi al unísono. Cuánto tiempo ya desde el comienzo de nuestra historia de amor. Cuánto tiempo y qué rápido ha discurrido, se me ha escapado. Nos hemos amado más de lo razonable, queriendo apurar siempre la última gota, como si el mañana no entrara en nuestros planes, como si se nos fuera a acabar la vida. Risas, lloros, tristezas, alegrías…, y sobre todo, respeto. Un respeto nacido de nuestro amor, ese amor que no nos dio hijos, que quiso sólo ser compartido por nosotros.

Hasta el dolor. Te he querido hasta sentir cómo mi cuerpo se desmadejaba, hasta que las lágrimas desahogaban aquella presión. Hasta la ternura y el amor más profundo, que nos enlazaba como si fuéramos uno, nuestras vidas fluyendo por un único camino, sin cruces ni intersecciones. Compartimos todo, hasta los secretos más inconfesables. Almas gemelas, solían decir de nosotros.

Y ahora; ahora, ¿qué? No te encuentro, no respondes. Atrapado entre vías, el gotero insuflándote un hálito de vida, con ese tubo  atravesando tu garganta, inmóvil en esa  cama que ignora tu sufrimiento, tus ojos ya  ni parpadean cuando te hablo, tu mano ya no presiona las mías. Y no es justo. No puedes hacerme esto. No debes hacerlo.

El sonido del teléfono en plena madrugada distrae mis pensamientos. Lo miro una y otra vez. Los restos de mi corazón se deshacen. No quiero cogerlo. Sé lo que vendrá después. Y no estoy preparada. No lo estaré nunca.

Con todo el amor que guardo y es tuyo,

Triana

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Lola Sánchez Lázaro

Lola Sánchez Lázaro Ha publicado 85 entradas.

4 comments

  1. Querida Lola:
    No sé lo que ha pasado y es inexcusable. La verdad es que trato con poca gente y no me entero de nada. Lo único que puedo decirte es que tus palabras me han llegado al alma y siento, nada más acabar de leerlas un nudo en la garganta, mezclado con el deleite que me ha provocado tu maravilloso don para la literatura. Me has hecho llorar y me alegro. Porque hoy me has devuelto la fe en el ser humano. Hoy me devuelves el espíritu de lucha, que he sostenido durante ocho años, y que perdí el lunes. Gracias por tu humanidad. Me tienes a tu disposición para lo que pidas.

  2. Jo, Pablo, qué bonito todo lo que me has dicho.
    Me encanta escribir y si puedo llegar a alguien a través de ello, me doy por satisfecha.
    La carta que has leído es ficción, eso sí, aliñada con ingredientes que tengo dentro de mí, con situaciones vividas; cada uno portamos nuestra mochila más o menos llena a estas alturas.
    No es que me sienta halagada, no, lo siguiente; la fe en el ser humano nunca la has perdido, simplemente estaría escondida y la has encontrado; me alegro infinito que pueda haberte ayudado en ello.
    Un beso fuerte, hablamos a la vuelta de Navidad

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