¿Alguien ha oído hablar de Jacqueline Novogratz?

 

Es muy probable que este nombre no resulte conocido. Se trata de una de las más grandes emprendedoras sociales en el mundo. Ha revolucionado la ayuda al desarrollo en África y en el Sudeste Asiático a través de su organización: Acumen Fund.

El objetivo primordial de Acumen Fund es dar una oportunidad a los emprendedores en países pobres. Más de 50 millones de dólares se han invertido hasta ahora. En algo más de 50 empresas. Uno de sus proyectos más singulares ha sido el apoyo a una compañía de nombre extraño –A to Z Textile Mills- dedicada a fabricar mosquiteras de muy alta calidad para prevenir las infecciones de malaria en determinadas zonas de África. Se denominan “Long-Lasting Anti-Malaria Bednets”, y están reforzadas con un insecticida muy efectivo.  El funcionamiento de esta pequeña entidad es francamente curioso. Solicitan la ayuda de inversores, pidiendo para ello un préstamo de 100 euros, que luego devuelven. En la actualidad, A to Z Textile Mills se ha convertido en una de las mayores compañías empleadoras africanas. Tiene contratadas a más de 7.000 personas, en su mayoría, mujeres. Su producción es de 29 millones de mosquiteras al año, cifra nada desdeñable.

Pero volvamos a la vida de esta emprendedora. Comenzó su trayectoria profesional como economista en un gran banco, el Chase Manhattan Bank. Hasta que un pequeño detalle le hizo cambiar de rumbo.

La historia se remonta a la niñez de Jacqueline Novogratz. Cuando tenía 12 años, su tío Ed le regaló un jersey azul. Tenía unas cebras bordadas que caminaban a lo largo del estómago con unas montañas al fondo.  Se lo ponía a cada oportunidad que tenía, pues consideraba que era un jersey  precioso. Un buen día, con 14 años, un jugador del equipo de rugby  de su Instituto se burló del jersey. Del efecto que hacían las montañas sobre su pecho. Muy alterada, corrió a su casa y obligó a su madre a que la llevara al centro de la ciudad. Para deshacerse del jersey: lo entregó a una organización de caridad, Goodwill.

Con 25 años, Jacqueline se fue a trabajar a Ruanda, y en Kigali, la capital, vio a un niño que llevaba puesto un jersey azul como el suyo, idéntico al suyo. Pensó que era imposible, que tendría que tener otra explicación esa visión tan familiar. Corrió hasta el chico, le paró y miró en el cuello del jersey, buscando una cinta en la que pudiera leer el nombre del propietario. Y ahí estaba su nombre. Era el jersey que le había regalado su tío Ed años atrás.

A menudo no nos percatamos de lo que nuestra acción e inacción le hace a la gente que pensamos que jamás veremos o conoceremos”, reconocería después. Esta anécdota, tan pequeña y grande, provocó una ansiedad creciente en Jacqueline Novogratz por ayudar al Tercer Mundo. Durante su estancia en Ruanda, -dos años-,  ayudó a crear un negocio de pastelería a 20 madres solteras. Comprobó el tremendo potencial de las mujeres y cómo, simplemente con un apoyo técnico y algo de ayuda financiera, eran capaces de sacar adelante la empresa. Se sentían importantes, tomaban decisiones, se implicaban, luchaban.

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