Alcázar – por ÁLVARO MÁRQUEZ

Allá por el siglo XI nació en una encrucijada, entre el antiguo brazo del río que por el Arenal bajaba y el arroyo Tagarete por la calle San Fernando, un Alcázar primitivo con formidables torreones y recias murallas de piedra que hasta hoy, éstas sí que sí, completas nos han llegado. Nació el primer palacio en el Patio de Banderas, y su puerta principal era la que hoy podéis ver en la calle Joaquín Romero Murube, llegando ya a la Alianza. Corpulento aparejo de pétreos sillares aprovechados de la vieja muralla romana y rematado por almenas, imponente mole cuya sola visión, ya desde muy chico, por momentos te enajenaba: la vieja Alcazaba donde siempre expiraba el Cristo de las Misericordias, esa que inspiró a Fulgencio Morón allá por el año 80 y que oíste desde el Maestranza el pasado 13 de marzo, día marcado bien en rojo en tu más íntimo calendario.

Y el Alcázar fue creciendo con almorávides y almohades, prosperaron los palacios y sus fortificaciones, y llegaron los cristianos con esos nuevos aires tan recios y castellanos e hicieron el Palacio Gótico hasta que Pedro I trazó la renovación de gran parte del recinto dándole su toque maestro. Y vinieron con los siglos todas las nuevas transformaciones, Crucero, Palacio Real, Baños de María de Padilla, jardines formando vergeles que hacen de su contemplación una tarea bien sencilla.

Te quedaste en el Triunfo plantado frente a la Puerta del León y te faltaba la altura para llegar a los adarves y rozar con tus propios dedos los puntiagudos merlones; e imaginaste ser ave para el Real recinto sobrevolar, entrando desde la Montería te posaste en el Patio del Yeso, e intuiste cómo paseaban los amantes bajo el soportal del cuarto del Almirante, entraste al Palacio Mudéjar cruzando por las Muñecas, desde allí al patio del Príncipe, y cómo no, al de las Doncellas. Apretaba para esas horas el calor y quisiste beber agua, y volaste entre la sombra de los frondosos jardines desde el de las Flores hasta el de la Danza, divisaste el del Estanque junto al patio del Chorrón y tras el de la Alcubilla llegaste al cuarto del Sol, y el pajarillo viajero cruzó por el Apeadero dejándose atrás el Crucero, pero quiso salir ya, pues percibió castrenses sones desde la amarilla terrera en el patio de Banderas y los quiso contemplar. Despertaste de tu sueño, expiraste emulando el gesto de aquel Cristo que siempre expira y te dijiste: madre mía, quién vivir aquí pudiera y ser despertado a diario por esa Giganta campanera.

 

Álvaro Márquez

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