Al llegar a Benarés – por CRISTINA LÓPEZ-SCHÜMMER

El aire húmedo y caliente, sofocante y pegajoso, te asfixia y te aplasta al llegar a Benarés. Aire que tiene olores, formas y volúmenes. Es inmenso, claustrofobico y espeso y te cubre como si fuera una cúpula invisible, donde todo reverbera, todo adquiere dimensiones excesivas: el ruido incesante e incansable de bocinas roncas o estridentes que no avisan, sino que comunican o conversan entre sí; los timbres de motocicletas, rickshaws y bicicletas herrumbrosas -cientos, miles de ellas- ; los cánticos salmodiados por peregrinos descalzos de túnicas naranjas, a los que les llega el eco de la última estrofa de otras bocas y de otras gargantas vestidas con el mismo color naranja; el “hello” de vendedores y niños – repetido hasta el cansancio – esperando una respuesta, aunque sea otro “hello”; el hurgar entre la basura de una vaca escuálida o el movimiento de aguas polucionadas de inmundicias rodeadas de búfalos.

Benarés es un ciudad densa e intransitable, que aturde en una anarquía que funciona. Pienso, mientras mis sentidos viven en una voragine, que el ayer no es aquí realmente distinto del hoy, y que estoy en una ciudad donde el pasado es presente con la misma mezcla de misticismo y timo con la que, estoy convencida, estarían adobados los lugares de peregrinación de nuestra Edad Media. Con callejuelas estrechas que se entrelazan sin lógica, donde las cucarachas compiten con los ratones y donde una vaca te puede impedir el paso por derecho propio. Efluvios de grasa y heces, o del incienso de los templos, rezuman de los muros de colores contradictorios como el azul turquesa, el esmeralda y el ocre. Artesanos en cuclillas, que cantan o salmodian mientras engastan colgantes o tejen telas con los mismos diseños que hace siglos. Cuerpos tumbados sobre las calles sin aceras, a veces tullidos que se arrastran, y sin nada que los cobije, están esperando la muerte o peleando la vida.

En Benarés, todas las calles conducen hacia el Ganges, que espera y acoge a los vivos que lo buscan con frentes decoradas de mariposas amarillas en pasta de sándalo, y a los muertos que le llevan. El silencio cerca del río se mezcla con el aire sucio del amanecer en el que flotan millones de minúsculas partículas de ceniza que emanan de las ceremonias de fuego a sus orillas mientras en sus aguas marrones y contaminadas hombres y mujeres sumergen medio cuerpo con las manos en posición de rezo. A un costado, varias vacas disfrutan de la frescura del agua mientras una deja caer sus excrementos sobre los escalones mojados. Un cuerpo humano envuelto en un sudario blanco yace sobre una pira de leños que crepitan mientras la familia espera paciente a las cenizas que serán esparcidas en el Ganges que, al descender del Himalaya, comunica a los hombres con los dioses. En ese instante cobraron sentido las palabras de Elías Canetti, quien escribió que “cuando viajamos lo toleramos todo, y nos sentimos fascinados ante lo más atroz sólo porque es novedoso. Los buenos viajeros son despiadados”.

benares xummer
Foto de CRISTINA LÓPEZ-SCHÜMMER

Cristina López-Schümmer

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