Al cerrar el libro

Al terminar el último capítulo cerré el libro con un gesto insurrecto. Claramente me sentía estafada. El desenlace de la historia era etéreo y el final ridículo. Refunfuñé, miré la portada con estupor y suspiré. Leer palabras de un texto por el mero hecho de ejercitar la vista no era ocupación que me agradara. Había comenzado a leer el libro con gran ilusión, alentada por las voces que se alzaban ensalzando su literatura. “De auténtica calidad”, decían. La primera mitad del libro me sostuvo con expectación. Poco a poco, en la segunda parte, sin apenas sentirlo, los hechos se fueron desdibujando. Las preposiciones comenzaban a abundar y los puntos suspensivos se multiplicaban. Los pensamientos del protagonista eran demasiados y las aclaraciones escasas. Los hechos se enmarañaban con memorias pasadas y acciones imprevistas. Quizá sí he de reconocer que el estilo literario era bueno. Pero éste no puede sobrevivir en una trama deficiente. Es como una planta sin agua ni abono.

Me gustan sobremanera las narraciones etéreas en las historias imaginarias, en la ilusión que produce un relato mágico. Puedo sumergirme en un mundo fantástico y disfrutar en él.

Sin embargo, no soporto nada bien la narrativa deshilachada de una novela sin pies ni cabeza, que pretende que el lector redondée con su discernimiento, en última instancia. Debe ser por ello mi atracción por los relatos basados en hechos reales, donde un algo sucede que provoca otra acción y ello termina en una situación determinada, en la que un personaje ha sentido exactamente un estremecimiento y otro ha actuado de la manera precisa que se narra, tal y como se conoce que acaeció. Un relato en el que se llama a todo por su nombre y apellido, y es congruente; a pesar narrar una locura.

Elena Silvela

Elena Silvela Ha publicado 296 entradas.

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