Ahora no – por M. J. BARROSO

La puerta de la consulta se abre de repente y sale una mujer que podría ser yo. En el regazo lleva el abrigo que se ha quitado para la revisión, se lo acerca al pecho dolorido y levanta la cabeza. Me mira un segundo sin verme. Sus ojos velados se dirigen rápidamente hacia la anciana que espera, atenta y rígida, sobre la incómoda silla del  hospital. “Tranquila, mamá. No pasa nada. De momento, solo me han visto un bulto, pequeño, sin importancia. Me harán una biopsia para saber qué es. Solo es una prueba más. No hay problema, tranquila.” Su voz, grave y resuelta, no tiembla mientras da las explicaciones que la madre escucha inquieta. Al final, la anciana cede con un gesto confiado: quiere creer que todo irá bien. Se detienen frente a mí y veo como la mujer consuela a su madre con los brazos, mientras la rodea para ponerle la gabardina, la consuela con el rostro tenso y la mirada seca. La convence definitivamente; lo consigue porque ahora no puede permitirse el lujo de angustiarse, derrumbarse y llorar. Yo sé que todavía no.

Ahora tendrá que dejar a la anciana bien atendida y hacer la compra corriendo con el presupuesto que apenas llega. Los chicos cada vez comen más, -pensará preocupada-, pero el mayor no crece como debiera: habrá que llevarlo al médico. Recordará su propia visita, pero todavía no podrá llorar. Seguirá seca porque tendrá que recoger al pequeño del colegio, llevarlo a clases de refuerzo, preparar la cena concentrada, -siempre se le quema el arroz cuando se despista pensando en él-. La lavadora acabará, tenderá la ropa y repasará algunos calcetines que se van desgastando. La niña le sonreirá mientras hace los deberes a sus pies: pinta dibujos de colores, letras que bailan sobre el papel; es tan pequeña y tan indefensa todavía, pensará. La necesita tanto aún. Se le encogerá el estómago y un par de lágrimas intentarán ascender hasta los ojos. Pero, ahora no; no pueden salir. No le dejarían ver con claridad la sonrisa de su niña: alegría y consuelo. Podría encontrar un rato para contárselo a su mejor amiga, pero estos días parece contenta; no hay que compartir la amargura. Tal vez en otro momento, quizá otro día.

La noche llega en silencio. Con todos acostados, pensará en el trabajo que tiene mañana por delante. El jefe parece preocupado últimamente, con la palabra crisis incrustada en la garganta. La escupe a todas horas. Tal vez, el fin de semana podría encontrar un momento para decírselo, pero ahora no. El sueño gana, y el cansancio la envuelve; la fuerza se diluye bajo las mantas, la energía se agota y ella deja de ser la que lo sostiene todo. El último pensamiento será para todo lo que ama, un premio breve, un repaso fugaz, una película vertiginosa de recuerdos que le permiten cerrar los ojos con calma. No puede más, pero mañana seguirá. Otro día. Mañana quizá pueda darse el lujo de pensar en ella. Ahora no, pero quizá pasado o el otro, pueda llorar.

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María José Barroso

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