Admiro – por M. J. BARROSO

Es la edad, lo sé. Tiene que serlo. No puede haber otra razón para que el escepticismo haya modelado mis percepciones, una a una, hasta colocarlas desordenadamente en un montón de dudas e incógnitas permanentes. Si antes abría los ojos con sorpresa y admiración ante determinadas personas, ahora esos mismos ojos van acompañados de unas arrugas que ocultan en sus pliegues la experiencia que dan las miserias propias y ajenas, y la convicción de que toda sinceridad tiene matices y toda honestidad, sus excepciones.

Ahora admiro lo que las personas me hacen sentir sin querer, no lo que me obligan a ver. Tal vez porque ahora sé que es más auténtico lo que se mueve tras las cámaras que frente a ellas. Todo aspirante a triunfador que se coloque frente a una pantalla de televisión, agarre un micrófono o teclee en las redes sociales se verá obligado, lo quiera o no, a seguir sus reglas. Pero el auténtico verdugo será su propia soberbia, la misma que le impulsó a colocarse bajo los focos, el afán de más que reclamará su ego siempre hambriento, la arrogancia de creerse poderoso y firme, asentado sobre los que aplauden. Matarán su naturalidad y miles de ojos asombrados le verán sin darse cuenta de que es un rostro impostado, una pose medida, una palabra fingida, alimentando su necesidad de creer en algo o en alguien. Sonarán verdades interesadas y mentiras condicionadas por el hoy, el futuro y el yo, en discursos replicados para agradar, para ser admirados, para amplificar a gran escala el gran deseo, ese tan común y vulgar, tan humano y natural de ser querido.

Ahora admiro a los que se hacen querer sin mostrarlo. A los que son excepcionales porque no pueden contarlo. Lo gritan a los cuatro vientos, incluso lo demuestran, pero ningún altavoz les imita. Trabajan horas y besan al regresar, cuando los labios están ya cansados de tanto hablar. Se duermen de agotamiento en el metro o el autobús y los días se les escapan ayudando a otros, atendiendo a la familia, cuidando a los niños, enterrando frustraciones y abonando ilusiones. Y aún dicen “gracias, amiga” y aún encuentran hueco para tomar unas cañas con su gente. Ellos son los admirables, los que aman sin pensarlo, los que quieren sin querer.

Y, por suerte, son más.

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María José Barroso

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