Acuerdo de divorcio

Miro a mi hermana pintarse las uñas y vuelvo a pensar que le falta un hervor.

Estamos en la que será su cocina durante sólo unos días más. Ha firmado todo lo que le pedía su ex; ha renunciado a la casa, a los niños, a la pensión y, con ello y sobre todo, a la magnífica ocasión de amargarle la vida durante muchos años.

La veo tan tranquila que me pregunto si se habrá drogado. Se da con cuidado una segunda capa mientras sonríe al universo. Durante un rato parece olvidarse de que estoy allí. Luego me dice, como de pasada, que es ella quien le tiene que pasar una pensión a él. No doy crédito.

—Estás loca, Pepa. Y tu abogado también… Ay, hermana.

—No, si no tengo abogado…

—¿Quéeee?

Siempre he sospechado que esta hermana mía tiene tan corta la inteligencia como largas las piernas; esta situación me lo confirma.

No dice nada. Alarga los brazos y contempla pensativa sus uñas rojas y brillantes que, al soplarlas, se empañan durante unos segundos.

—No me puedo creer que estés con esa paz de espíritu, Pepa. Pero ¿es que no tienes sangre en las venas, por dios?

—Juan amenazó con que me quitaría a los niños y no volvería a verlos jamás si no firmaba todo… Y al final, me rendí. Perdí los nervios y le dije que sí; que estaba de acuerdo con que se los quedara él, y la casa, y el coche, y todo…—me mira un segundo—. Así podría verlos al menos los fines de semana, ¿sabes?

Yo me muerdo la lengua y ella suelta la suya.

—Luego, cuando vio que cedía en lo de los niños, Juan dijo que podíamos volver a hablarlo, que no quería perjudicarme, que no quería separarlos de mí y todo eso —volvió a soplarse las uñas—. Pero yo no quiero que juegue con los niños a lo de ahora os vais ahora os quedáis, y así se lo dije al juez. Y el juez le dio a él la custodia.

—Por todos los santos… ¿Y qué pasa ahora con su novia becaria y la romántica vida en la universidad de Boston que tenían planeada? ¿Se va a llevar a los niños a la quinta puñeta? —estoy enfadada y no sé por qué.

—Ah, eso… Pues el caso es que cuando lo comenté de pasada, justo después de firmar todos los papeles, el juez dijo que ni hablar. Que hasta que no fueran mayores de edad no se los podía llevar a vivir lejos de su madre. Tienen una edad muy delicada y nos necesitan cerca a los dos, ya sabes…

—¿Y? —la animo.

No me lo creo. Esto se pone divertido.

—Juan se puso hecho un fiera conmigo, como si tuviera yo la culpa; llegué a pensar que había dicho lo de quedarse con los niños de farol…

Pepa vuelve a estirar las manos para mirárselas, y las sacude un poco; las tiene largas y bonitas.

Imagino la escena en el juzgado y le pregunto interesada:

—¿Y qué va a hacer?

—Pues, nada, quedarse aquí hasta que los niños sean mayores de edad. Una pena lo de Boston; le daban un dineral…

Se levanta y se sirve un café. Se lo toma pensativa, apoyada en la mesa.

—Y tú, ¿cómo te sientes? ¿Le echarás de menos?

—¿Sabes? Nunca me hizo partícipe de lo importante y no me he sentido nunca su compañera de vida… Cuando pasan los años y no has llegado a sentir eso lo demás no vale nada. No, no le echaré de menos.

—¿Y los mellizos? —me da miedo la respuesta.

—Siempre estuvieron en segundo plano. Él siempre ocupaba mi tiempo y mi pensamiento y nunca he pasado tiempo real con mis hijos. Ahora es cuando tendré ocasión de conocerlos de verdad. Y pienso aprovecharla.

—Me temo que te he subestimado siempre, hermana —me disculpo—. ¿Sabes que no eres tan boba?

—No importa, supongo que doy esa imagen.

Tira los restos de café al fregadero. Luego me mira sonriendo:

—¿Nos vamos al cine? Los niños no llegan hasta mañana.

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Rosa H. Mula

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