Acicalada, por ELENA SILVELA #relatos

Acicalada hasta extremos insospechados, cerró la puerta y salió a la calle. El sol intenso le hizo cerrar los ojos y pensó por un momento que las pestañas quedarían eternamente unidas con esa máscara negra triple que había extendido con ahínco. Sólo le separaba una manzana de distancia del lugar convenido, pero se atusó el pelo seis o siete veces. El aspecto debía ser impecable. Entró en el edificio de oficinas y pregunto por el director de la compañía. Pronunció su nombre como quien hace un esfuerzo por recordar un apellido complicado, aunque lo sabía bien. Conocía muy bien a aquél hombre. No en vano había estado en vela varias noches, gracias a él. La secretaria, encantadora y servicial, le abrió la puerta de su despacho y se hizo a un lado.

Se escuchó un “Buenas tardes, señorita” profundo. Quizá había un cierto tono lascivo en las últimas vocales. Hizo caso omiso de sus sensaciones y le estrechó la mano al tiempo que sonreía con un rictus bien estudiado. Le miró a los ojos, consciente del odio que destilaba todo su cuerpo y se sentó en la silla del confidente. Confidencias era justo lo que no pensaba poner encima de la mesa en esa breve y efímera entrevista. Ante la cara interrogante del señor ilustre director, pronunció su petición despacio, vocalizando, letra a letra. Su mirada pudiera parecer humilde, pero por sus venas corría sangre de lo más airadamente española. La conversación transcurrió dentro de los límites esperados, sospechados. Su moción fue aceptada y se disculpó apresuradamente, antes de que él pudiera ni siquiera pensar en la idea de despedirse con dos besos. Salió del despacho con otra sonrisa, la de apariencia franca pero envés retorcido. Al salir a la calle, marcó un número en su móvil. Cuando contestaron, simplemente dijo: “Aceptó. Es todo tuyo a partir de ahora. Que sepas que me he ganado el cielo en este rato.”

Caminó todavía un rato, bordeando el parque, a paso de pensar. Recordó algunos de los episodios. Su rabia. Las humillaciones en público. La sonrisa de él y su prepotencia. La de veces que venció él y ella simplemente cerró la boca. Porque no podía hacer otra cosa. Ahora era diferente. La venganza vendría de otra persona. Sería toda una sorpresa. Todo un ejercicio de humildad. En algunos momentos sentía incluso lástima. Pasaban pronto.

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Fotografía de BABIOGRAPHY

 

Elena Silvela

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