Abuelos, divino tesoro

Hoy he ido a visitar a mis abuelos.

Antes de girar en la última esquina del edificio y dirigir mis pasos hacia el umbral de la entrada que da a las escaleras que suben hasta el segundo piso donde está su casa, me he detenido en la plaza que se sitúa justo en la parte contraria del portal.

Es la misma plaza que miraba con mis abuelos cuando yo era pequeño. En la que después pude jugar con otros niños del barrio. La plaza ha cambiado de aspecto. Una fuente ha tomado el centro de ella y alrededor de ésta otros niños siguen jugando como si el tiempo fuera capaz de detenerse allí. Comenzé a verme reflejado en ellos. Y en mi imaginación, empecé a compartir juegos y risas, carreras y saltos, volví a mi niñez…

Miraba a las ventanas y veía a mis abuelos allí, mirando hacia donde yo estaba y con su mirada me decían que no me marchara a ningún sitio que no fuera la plaza, que mi lugar estaba con esos niños… para después volver a cerrar las cortinas no sin antes dedicarme una sonrisa.

Hoy, unos cuantos años después, vuelvo a mirar a las mismas ventanas, justo antes de subir a su casa. Me he sentado en el banco de madera y he dirigido mis ojos hacia arriba. Y así he estado casi veinte minutos, con la mirada perdida en el tiempo, buscando refugio en unos recuerdos que a mí si me parecen mejores que muchos de los que tengo ahora… Mirando las ventanas… mirando a los niños… mirando en mi interior… Yo, como la plaza, también he cambiado de aspecto. Lo que me rodea ya no es igual; no es peor, simplemente, es distinto. Y veo que aquellas ventanas que un día me acogieron ya no tienen las mismas cortinas que mis abuelos retiraban para buscarme.

He decidido no subir. Tampoco hubiera podido. He vuelto sobre mis pasos y me he marchado.

Postdata:
Este escrito no habla de mi. Habla de todos aquellos que hoy disfrutan o pudieron disfrutar del calor de sus abuelos justo cuando la dulzura, candidez e inocencia habita en el pequeño corazón de niño que todos tuvimos alguna vez.

Dedicado a todos los abuelos, de manera especial a los que un día tuvieron que marcharse y ya no volvieron.

Gracias abuelos.

“El amor perfecto, a veces no viene hasta el primer nieto”. Proverbio galés.

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J. Javier Checa

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