¡Abróchense los cinturones!

Tendemos los humanos a poner lacitos al tiempo, empaquetándolo en unidades de 365 giros de la tierra sobre sí misma y uno alrededor del sol (en realidad 365 más 6 horas). Finaliza el duro invierno y se adivinan días más largos y futuras cosechas; celebramos que comienza un nuevo viaje alrededor del sol. Las negras sombras que nos han apesadumbrado seguirán ahí mañana y las alegrías que nos han mantenido vivos en ese periplo, también. Pero nos gusta soñar, como a los niños cuando cierran sus ojitos despiertos, que mañana el monstruo habrá desaparecido y no acechará más bajo nuestra cuna.

El año 2013 es muchas cosas. Es un año más en la mochila ya bien cargada. Nos ha dejado algunas heridas en el corazón, junto a la colección de cicatrices aún frescas. Es el preludio del año 2014 en el que en Europa recordaremos con espanto el inicio de la primera Gran Guerra. Para pasmo de la humanidad, la Europa capaz de lo mejor y de lo peor, la cuna de la civilización occidental, dedicó la vida de millones de sus hijos a la más repugnante de las artes: la guerra.

2013 ha sido el año en el que los europeos hemos vuelto a aprender una lección que jamás debimos olvidar. A saber: en Europa manda Alemania. Nos han tratado a los países del sur (los que después de sentar las bases de la cultura mediterránea creyeron que el hedonismo y el epicureísmo eran para siempre) como irresponsables vividores y malos pagadores. Como alumnos díscolos que merecen sufrir las inclemencias de la pobreza, haciéndonos sentir culpables y merecedores de ello. Y es que conocen bien nuestro talón de Aquiles (esa parte de nuestro cuerpo que no fue sumergida en el río Estigia) que es nuestra vulnerable alma católica, pecadora y culpable desde el pecado original hasta la muerte.

En el plano personal intento no separar con lacitos las excursiones anuales alrededor del sol. Procuro ver la vida como un río heracliano en el que estoy sumergido cada dos por tres. Sólo por las noches o en periodos de meditación y ausencia, salgo del río y observo sus aguas. A veces bajan turbulentas, otras son un remanso puro y cristalino en el que apetece hundirse para siempre. Sus cálidas aguas acarician entonces mi cuerpo por dentro y por fuera.

El río otras veces ruge cabreado como si fuera el Atlántico a la altura del faro de Corrubedo. Y entonces acojona. Mas no hay más remedio que tirarse de cabeza e intentar bracear hacia la luz buscando el momento en el que el río se transforme de nuevo.

La vida es un largo río travieso e impredecible. Es el mismo para todos los seres humanos que poblamos la tierra, aunque ni todos sabemos nadar igual, ni todos tenemos la misma embarcación para surcarlo.

Así que ¡abróchense los cinturones que vamos a dar una vuelta más al sol!

¡Feliz año 2014!

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Antonio Babío

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