Abogacía de la verdad – por ELENA SILVELA

El veredicto sonó ridículo. Tienes las costillas en la garganta. No paraba de llover tras el cristal.

Pidió hasta la extenuación. Al mundo, al cielo, a la tierra, al sol, al aire. Como respuesta, un silencio espeso más propio de una víbora. Cuando ya creyó partirse en dos, no tuvo más remedio. Hizo las paces con el destino y comenzó a cerrar las maletas. Despacio. Colocó en pequeños montones los sueños que le habían acompañado, el invisible hilo de la morriña y los abrazos perdidos. Fueron muchos años de sembrar sin recoger, de soñar sin despertar, de creer sin querer mirar. Una rendición llana.  Un nombre que no se pronuncia nunca, pero se siente en cada paso. Las manos firmes que ya no existen, la voz irrepetible.

El desierto de las cosas que han dejado de merecer la pena es uno de los espectáculos más desoladores de la especie. Un corazón callando a otro. Un alma matando a otra. A pesar de ello, opone resistencia. Increíble motor humano el de la esperanza.

Cuesta respirar con los puños cerrados.

 

Óleo de Enrique Martínez-Cubells

Elena Silvela

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