A la sombra de Sísifo, por FERNANDO REVIRIEGO #escritos

I. Siempre pensé que Sísifo era un boludo.
Y es que hay que ser estúpido para pasarse la vida dedicado a empujar una piedra enorme cuesta arriba para luego, sin oficio ni beneficio, dejarla caer sin más.
¿Pero este pibe había podido ser de verdad Rey de Corinto?
¿..pero cómo no podía darse cuenta de que estaba haciendo una pelotudez?
Valiente vida de mierda de un gil que no se da cuenta que carece de todo sentido lo que está haciendo…
Aunque bueno, lo cierto es que ya no estaba vivo cuando le tocó hacer aquello.. puesto que se lo había cargado Teseo, y estaba en los infiernos…; pero bueno, de esto me enteré más tarde un día tonto en casa mientras jugábamos al Trivial.. la de cosas que aprende uno en estos juegos..
De todas maneras….
¡Pelotudo a fin de cuentas¡…
¡Pelotudo con todas las letras¡ P..e..l..o..t..u..d..o..
Lo digas como lo digas, ¡Un pedazo de pelotudo¡
Siempre pensé que más valdría que se sentara a la sombra de esa piedra, descansara un poco, a ser posible con una buena Quilmes, y le dieras un corte de manga a ese dios que le condenó a semejante e inútil patochada.

II. Habíamos tomado la decisión, automática e inconsciente, de anegar el dolor hiriente que nos atenazaba con una desmedida cantidad de alcohol.
Las enormes jarras de cerveza, vacías, se acumulaban en la barra, ya que el mismo dueño del bar no se atrevía a romper nuestro desconsuelo con la rutina de su retirada.
Nicolás hacía rato que había perdido la consciencia del dolor mismo, y apenas sí lograba mantener su enorme corpachón sobre el taburete.
Los sollozos y los lamentos retumbaban en el interior del bar como si fuese el mismo bar el que sollozara y se lamentara. Un lamento profundo, seco y húmedo a la vez, que nos dejaba respirar con mucha dificultad.
Tenían.. teníamos…, imagino que yo también, las caras desencajadas, en esa triste mueca que la muerte, cuando te toca cerca, te pintarrajea desdibujándote el rostro.
Martín, el más pibe de nosotros, lloraba desconsoladamente y de cuando en cuando dejaba caer su cuerpo inerme sobre el regazo de Nicolás, sin conciencia momentánea de una hiriente tristeza.
Con mucha dificultad manteníamos una conversación a base de llantos, lágrimas y abrazos.
Pedimos cuatro jarras más, en el momento que un grupo de jóvenes entró en el bar, procedentes del parque cercano.
Llevaban todos ellos camisas de un equipo de fútbol, manchadas de barro y alguno de ellos incluso llevaba todavía las botas de fútbol puestas.
Aquellos jóvenes al entrar y vernos sólo vieron cuatro hombres, cuatro sombras desdibujadas.
Teníamos el alma rota, pero ellos no lo sabían, ni acertaban a imaginarlo.
Imagino que sólo vieron cuatro hombres, dos jóvenes y otros dos más talluditos… O al menos eso me imaginaba yo en esos segundos en que todavía mostraba algo de lucidez.
Cuatro sudamericanos.. que apenas si se tenían en pie por la borrachera… A lo mejor nos dirían “sudacas”, o quizá no….yo qué sé.. más me da….
Ninguno de los jóvenes dijo palabra alguna, pero hubo sonrisas de complicidad, y uno señaló el reloj a los otros. Eran las cinco de la tarde, y uno pronunció por lo bajo “..Estos empiezan pronto.. A estas horas unos hacen deporte y otros..”.
Yo fui el único que lo oyó pero no dije nada..
También que creo que había sido el único que les había visto entrar, aunque tampoco tendría la absoluta certeza.
Pero creo que ni Martín, ni Diego ni Nicolás (él menos todavía) les oyeron tampoco dejaron ruidosamente sus bolsas de deporte en el suelo, ni cuando dejaron las pelotas, todavía embarradas de un partido tempranero, en una esquina para no molestar.
Tampoco cuando aquellos comenzaron a comentar algunas de las jugadas del partido, en el ritual que imagino repetirían cada sábado o domingo.
Un ritual que nosotros cuatro también habíamos hecho en infinidad de ocasiones, muchas de ellas con toda la familia. Habitualmente los domingos esos días en que casi todos nosotros, los que teníamos la fuerte de tener algún trabajo o alguna chapuza, librábamos y aprovechábamos los partidos de los domingos para reunirnos con amigos y familia. Las más de las veces en la Casa de Campo que nos deja siempre más margen con los chiquitos, aunque también en el Retiro o incluso en la Dehesa de la Villa, muy cerca del Metro de Antonio Machado por donde vivía Lupita…
Hacía ya un rato que el mundo no era sino una enorme bola oscura en la que nos encontrábamos inmersos, y de la que intentábamos no caernos manteniendo el triste y duro equilibrio de la vida, junto a una barra de un bar.
Nuestros sollozos desgarraron de nuevo el bar, mientras que el dueño volvió a servirnos otras cuatro jarras, aunque Nicolás ni siquiera había empezado la anterior.
No creo que ninguno de los jóvenes acertara a comprender el dolor que nos rajaba fríamente por dentro..
Por causa de una muerte tonta, estúpida; pues morir cuando apenas has tenido tiempo de hastiarte de la vida, de una manera estúpida, es algo que hace la muerte todavía más dolorosa.
Guadalupe.. Lupe.. nuestra Lupita… había muerto atragantada mientras comía, ante la impotencia de Nicolás, su marido… su novio de siempre desde los doce años, que no sabía ni pudo hacer nada.
Nada más que ver como se iba poniendo morada aquella mujer que había compartido con él casi treinta años de vida, a este y al otro lado del charco.. cuando por fin habían logrado cruzarlo….
Una muerte estúpida.
Una muerte que no tenía que haberse producido nunca, al menos de aquella manera, de aquella estúpida manera.
Acabábamos de enterrarla.
Es curioso que la muerte sea tan cara carajo.. Y qué quilombo hasta que te enteras.. todo el papeleo que hay que preparar…
Un muerte fría y cara que sólo debe venir de viejo, cuando cansado o cansada de tanto vivir, la muerte imagino que no produce miedo, o al menos tanto miedo como antes, o quizás sólo un poco de extrañeza.
La muerte debe venir silenciosa, a tu misma cama después de haber dicho adiós con tranquilidad a las personas y a las cosas con las que has convivido tanto tiempo, después de haber dicho, he vivido, y punto, ahora que vivan otros.
Poco a poco, mientras los sollozos seguían anegando nuestro corazón hasta casi ahogarnos, noté que los chavales que habían entrado en el bar para celebrar su tercer tiempo, empezaron a entrar en esa tristeza contagiosa que sin saber porque a veces te moja por dentro, en un tristeza que me pareció que comenzaba a atenazarlos.
Porque la muerte tiene que llegar de vieja, cuando la conoces tanto, y has hablado tantas veces con ella, que la puedes decir “-Eh.. vieja…¡¡ya me cansé de vivir!!..y gracias por haber esperado..”. Pero lo cierto es que no he visto nunca a nadie morir así.. No creo que la muerte sea tan considerada..
Cuando me toque el turno, cuando la vea, quisiera tener tiempo de decirle algunas cositas… de todo menos guapa….

III. Sí, siempre pensé que Sísifo era un boludo…
..pero según se desgranan los años, más rápidamente incluso que lo que siempre me dijeron y yo nunca creí que fuera cierto, me parece que Sísifo soy yo.
Empeñado en ser actor de una obra, principal o secundario qué más da, sin más argumento que la muerte; enredándome en discusiones estúpidas, peleas estériles y sufrimientos vacuos que siempre conducen la piedra de la vida a un mismo sitio. A un puto mismo sitio.
Si el desenlace de la obra no varía, me pregunto por el sentido de empeñarme en empujar esa piedra..
La vida es como los ríos que siempre dan a la mar que es el morir, repetíamos en la clase de literatura sin pensar jamás en su sentido, esperando únicamente no cambiar la entonación o errar un solo verso para que no nos bajara la nota.
“Cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado,
da dolor..”.
Vaya poeta más trágico y penoso, pensábamos…
Pensábamos… cuando todavía nos creíamos casi inmortales, como eternos, infinitos..
Y ahora quisiera sentarme con Sísifo, pelotudo incomprendido.
Sentados junto a esa piedra, que imagino perfectamente redonda después de tanta y tanta estupidez.
Sentados a su sombra, para inmediatamente a continuación pasarnos la mano por la frente, quitarnos el sudor de esa lucha estúpida, y darle un corte de manga a ese dios que nos condenó, ..quién sabe porqué terrible crimen….quizá nacer…., a empujar piedras..…
Aunque sean redondas.. perfectamente redondas…

 

1-ramon-casas-i-carbo_La-Sargantain_190713

Fernando Reviriego

Fernando Reviriego Ha publicado 26 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *