A la luna de junio – por RAFAEL AGUIRRE

Amaneces en el territorio del corzo, ahora más duende si cabe, rojizo y vistoso rey de los seres feéricos del bosque. Después de una noche cálida en extremo, con el tímido rocío del alba respiras el olor del pasto que empieza a agostarse, el de la hierba segada en un prado cercano; acaso rezuman los efluvios con aroma de cereal maduro y dorado que está por coger, y de paja del bálago que espera a ser empacada en las mieses cuyas lindes escrutas de regreso, cuando la mañana se alarga.

Miraste a la luna llena, más pequeña a la vista en el cénit, pero con ese fulgor en la noche limpia de junio que invita a observar la vida que discurre entre las luces y las sombras. Eterno escenario en el que solo comparece el devoto del monte, el lobo paciente y taciturno que se conduce cuando el mundo ahí fuera duerme. El que sí sabe leer el entorno y se deleita con ello. En fin, hablas de Caza.

 

Las dos Castillas

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