A cualquier otra parte, por EMILIO PARDO – #relatos

“A medianoche en el acantilado. Yo llego tarde tú estás esperando ya frente a las olas, imaginando cómo sería dar el salto.” (Riazor – Amaral) 
¿Sabes?, me despiertas el mismo sentimiento que Marilyn Monroe y lo gracioso es que, aún dejando de lado el pequeño detalle de qué tú eres un hombre y Marilyn -aún después de muerta- sigue siendo uno de los iconos femeninos de la humanidad, os parecéis tanto como el uno a la otra como un espagueti a un botijo… Cosas de la mente, supongo; al menos de la mía, que con un simple un simple “gracias” y un “de nada” (principios básicos de la educación más básica) le bastó para hacer toda una cadena de relaciones -tan absurdas como colocar un spaghetti junto a un botijo- al mismo tiempo que ya te iba haciendo un sitio en el corazón.
Y es que tú, querido spaghetti, al igual que mi Marilyn-botijo, eres una persona especial, de esas de las de uno entre un millón (o dos, o tres, o trescientos), de las que no precisan de adornos ni artificios, de estridencias o aspavientos para marcar la diferencia; de las que con su vaquero clásico, su polito, sus pausas y su voz le basta y le sobra para mover el mundo. Y embargo tú no lo sabes o te niegas a saberlo como Marilyn se negaba a sí misma; y es ahí donde botijo y spaghetti se me unen y ya no sé si caminan de la mano o si uno se mete en el otro como una pajita en una botella; una pajita de rayas azules y blancas en una botella de mirinda en una tarde de verano de unos años sesenta que ni tú ni yo hemos vivido pero que ambos echamos de menos lo mismo que Marilyn echa de menos ahora no haberlos vivido.
“Lugar erróneo y gente equivocada”, me dices y yo asiento como asentiría frente a la propia Marilyn y una vez más desearía poder abrazarla, salvarla y convencerla de su grandeza, de que no le hace falta ni Frank, ni John, ni Robert, ni tan si quiera Arthur, porque ella es Marilyn y Norma Jean y con eso ya es más que suficiente para reinar en este mundo de ciegos y necios… y tú, mi querido spaghetti, eres tú y te basta y te sobra para mover el mundo y compartir reinado con Marilyn-botijo.
“Me darás un abrazo, ¿no?”, también me dices, y te lo doy con miedo, un abrazo casi fingido, como los besos falsos de un actor de los años 50 (tampoco vividos pero igualmente añorados); levanto los brazos y te rodeó pero sin embargo no te toco, no te rozo siquiera, porque temo que al hacerlo abrace en realidad a Marilyn y a su pena, sus inseguridades, su soledad, su sí pero no y en lugar de salvarte, de salvarla y salvarme, nos hundamos los tres sin remedio en el acantilado que un día nos hizo decirnos un “gracias” y un “de nada” y a mi mente unirte a Marilyn, a un spaghetti y a un botijo mientras te hacía sitio en el corazón.
Y no, no era medianoche, ni tú estabas esperándome, ni siquiera sé si alguna vez has imaginado cómo sería dar el salto, pero yo sí sé que llegaba tarde -o al menos iba con prisas-, lo mismo que sé que sí he imaginado muchas veces -demasiadas- cómo sería dar el salto, cuando ese acantilado, la estrechez del camino y, ahora sí como en la canción, ese viento del mar que nubla la mente y la vista, hicieron que nos conociésemos; pero a diferencia de en ella yo ya no quiero saltar o que saltes conmigo; yo, como lo querría para Marilyn-botijo, sólo quiero que vengas conmigo a cualquier otra parte… porque “lugar erróneo y gente equivocada”, ¿no es así spaghetti?, pues vámonos a cualquier otra parte, a cualquier otra parte, cualquier otra parte…
antique emilio pardo
Anticuario “Antique Market”. Adelaide. Australia. Fotografía de EMILIO PARDO

Emilio Pardo

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