9.- Cautiverio – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO #PrincesadeÉboli

Seis meses en la inhóspita fortaleza de Pinto encogen el alma de la princesa. El miedo sería ya su compañero de viaje, se impregnaría en su piel, recorrería  con ella el camino que le quedaba. La severidad con la que fue tratada una dama de tan alto linaje, la anarquía en que quedaba la casa de Éboli, el desamparo en el que subsistían sus hijos o las intercesiones del duque de Pastrana, del duque del Infantado o del duque de Medina Sidonia, no fueron motivos suficientes para que el rey cambiara de opinión. Solo la injerencia del cardenal don Enrique hizo mella en la actitud regia; se jugaba mucho con la empresa que tenía en marcha con el reino vecino, actuaría entonces de inmediato. Mejoraría las condiciones de la princesa con un traslado; Santorcaz fue el lugar elegido, el guardián sería sustituido por Juan de Samaniego, un antiguo criado de la casa de Éboli, y podría ver a sus hijos de nuevo.

La libertad tan ansiada ya no llegaría nunca, la esperanza  iba marchitándose como una flor privada de agua. De nada sirvieron las humillaciones de la princesa, las súplicas y ruegos. Y aunque la conquista de Lisboa prendió de nuevo una llama titilante de una vaga ilusión, que hilvanaba el anhelo de esa ansiada libertad, se diluyó en la desesperanza que arrastraba el transcurso de los días.

La salud de la princesa se resiente, se teme por su vida. El rey, presionado, decide aflojar la cuerda; la enviaría desterrada a su señorío de Pastrana.  Durante casi dos años aquella gobernará su señorío, anidaba de nuevo la confianza, volvía a sonreír, la vida le daba un respiro.

Y las miserias humanas reaparecen; dimes y diretes circulan viciando la atmósfera, comenzando por la pronta recuperación de la princesa. Se duda de su enfermedad, se propaga la idea de que está dilapidando la fortuna familiar en fiestas, se le acusa de rodearse de gente de dudosa reputación.

Con la corte dividida, unos grandes frente a otros, la alarma del rey se dispara cuando le llega el rumor de que la princesa vuelve a las andadas con Antonio Pérez.

La estocada no tardaría; la muerte civil de la princesa se cocinaba a fuego lento. Y así, Felipe II, como monarca absoluto, prescindiendo de la vía judicial, le retiró la tutoría de sus hijos y la administración de su hacienda.

Comenzaba el viaje por sus años más duros, solo su muerte la liberaría de aquella prisión.

 

Pastrana

 

Lola Sánchez Lázaro

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