8.- La caída – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO #PrincesadeÉboli

1 octubre de 1578. Don Juan de Austria pierde la batalla contra su enfermedad; entrega su alma a Dios no sin antes mostrar el dolor en una carta hacia su hermano sobre las circunstancias del crimen de Escobedo. Pocos meses después fue cuando Felipe II comprobó la lealtad, honradez  e inocencia fraternal. La conciencia del monarca se sumerge en densas tinieblas, empieza a emerger su cólera en un momento decisivo; la operación Lisboa estaba en marcha, la muerte del joven y quimérico rey don Sebastián abría las puertas de una complicada sucesión en Portugal. Como hijo de la emperatriz y nieto de Manuel el Afortunado,  el rey español se perfilaba como más que posible candidato a portar la corona lusa.

La princesa de Éboli y Antonio Pérez fueron dibujándose en el centro de la ira, la desconfianza y el desengaño crecían con la fuerza de un seísmo, el enojo y la irritación  anidaban en el monarca. De aquella no se fiaba, a sus oídos llegó la noticia de las relaciones de la princesa con la casa de Braganza, aspirantes a la sucesión del reino de Portugal; y  su secretario, con el que participaría en un estratégico y planificado juego de medias verdades, se quedaba fuera de juego. Ya eran troncos huecos y resecos, ni su leña podría aprovecharse.

Tras una máscara pétrea que nada dejaba traslucir, Felipe II decidió el destino de su secretario y de aquella gran dama de la Corte. El 28 de julio de 1579, tras despachar con Antonio Pérez, dio la orden de prisión. Un alarde de fuerzas se presentó en casa del secretario, ya avanzada la noche.

Simultáneamente, la princesa era también detenida. De nada sirvió que quisiera enviar a su hijo, el duque de Pastrana- al que las gentes designaban como hijo de Felipe II-, a hablar con el monarca. Bajo fuerte vigilancia armada, sería conducida a la torre de Pinto. Ella, una gran dama de la Corte, veía cómo su suerte se dirimiría ahora en cautividad.

La princesa tenía parientes muy poderosos, su detención no podía pasar inadvertida; el rey tendría que justificar esa medida ante personajes como el duque de Medina Sidonia, yerno de Ana de Mendoza.  Que la princesa no hubiera querido ser intermediaria, como así se lo pidió el rey, en las desavenencias de sus dos secretarios, Antonio Pérez y Mateo Vázquez, no parecía razón de peso, el castigo era demasiado duro. En el horizonte flotaba envuelto en una densa niebla la palabra traición, se enredaba en los hilos del espíritu de la princesa, socavaba su esencia; el rumor de negociaciones secretas con los rebeldes flamencos fluía denso y fuera de control; la pena por semejante delito era la muerte.

Ni el duque de Pastrana, ni el duque del Infantado, ni el duque de Medina Sidonia, o el propio cardenal don Enrique, rey de Portugal, consiguieron nada del rey. Aquella gran dama comenzaba la última etapa de su vida, cruel y dolorosa.

Atrás quedaban sus días de lujos,  gloria, poderío y fortuna.

 

El asesinato de Juan de Escobedo

Lola Sánchez Lázaro

Lola Sánchez Lázaro Ha publicado 85 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *