7.- Conspiraciones – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO #PrincesadeÉboli

Don Juan de Escobedo, el Verdinegro –apodo que reflejaba su carácter-, persona que fue de confianza de  los príncipes de Éboli, es propuesto para ocupar el cargo de secretario de don Juan de Austria, hermano del rey.  Un nombramiento en el que Antonio Pérez movió sus tentáculos, los alargó y envolvió a su presa. En un doble juego de intrigas, confabulaciones, espionaje y contraespionaje, el secretario del rey regó la duda ya sembrada del monarca en cuanto a la actitud de su hermano, hasta el punto de convencerle de una posible rebelión.

Las visitas obligadas de Escobedo a casa de la princesa no jugaron en su favor; podría sospechar no ya del posible romance de la princesa y Antonio Pérez, sino de los manejos, conspiraciones,  conjuras, filtraciones o negociaciones secretas que tenían lugar allí, susceptibles de atentar contra la buena marcha de la política del país. La partida estaba ganada antes de lanzar los dados; Escobedo ya tenía sus días contados. Antonio Pérez se encargó de que el mismo monarca se comprometiera en la acción; situó en primera línea a Escobedo, haciendo creer a Felipe II que era el verdadero impulsor e instigador de las ambiciones de don Juan de Austria. Y así, en una Junta secreta, se barajaron las posibilidades de acabar con su vida.

El veneno se dibujó en sus mentes; las sospechas quedarían diluidas, no sería fácil descubrir quien estaba tras el crimen, no podría salpicarles. Y Escobedo fue envenenado; una, dos y hasta tres veces, pero sin el efecto deseado. Salía airoso de esos lances para asombro de los que estaban al tanto de su inminente muerte. Habría que cambiar el método, aun sin el conocimiento del monarca.

Y ocurrió. Esta vez lo lograron. Una estocada mortal le fue asestada al salir de la casa de su amante, doña Brianda de Guzmán. Gritos, carreras y confusión envolvieron las últimas horas de vida de Escobedo. La noticia se propagaba como fuego en un pajar, Madrid se escandalizaba ante tal suceso.

  1. Una viuda clamaba justicia, sus ojos puestos en Antonio Pérez y la princesa de Éboli, a la que acusaba de principal inductora. Ana de Mendoza defendía altiva e indignada su inocencia ante el rey, cabeza del sistema judicial; su camino ahora era tortuoso, resbaladizo, mal empedrado, con cuestas empinadas difíciles de superar.

Cómo añoraría el tiempo pasado.

 

Don Juan de Austria

Lola Sánchez Lázaro

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