6.- Decisiones – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO #PrincesadeÉboli

Frente al cadáver de su marido, la princesa exigió el hábito de un fraile con el que se vistió y salió en carreta de Madrid a Pastrana, donde el cuerpo sería enterrado. Una mirada fugaz al pasado nos devolvía la imagen de Juana I, aquella reina acompañando el cadáver insepulto de Felipe el Hermoso por las crudas tierras de Castilla.

Solo una idea bullía en su cabeza  tras la muerte de aquel; se convertiría en monja descalza. Y no solo ella, su madre y dos criadas la acompañarían en ese camino. El apoyo ofrecido a Santa Teresa de Jesús para la fundación de sus conventos en Pastrana no iba a caer en saco roto. Ella, la princesa, podría hacer y deshacer a su antojo; poseía el señorío jurisdiccional de la villa, no iba a ingresar en el convento con la disciplina marcada, las cosas se harían según su criterio. Los roces no se hicieron esperar, comenzaba una guerra abierta que dejó heridas incurables.

Y fue la intensa presión de las autoridades eclesiásticas y de Felipe II lo que le hizo abandonar su conversión. Parecía que la mar se calmaba, el oleaje decrecía, volvían las aguas mansas; durante algún tiempo, Ana de Mendoza se haría cargo del gobierno de su señorío, pero la muerte de su querida madre abrió una nueva etapa. Doña Magdalena de Aragón se convertía en la nueva esposa de su padre; si el matrimonio tenía descendencia, la herencia peligraba. No continuaría en Pastrana,  necesitaba situarse en primera línea, la posible defensa de sus bienes la hizo regresar a la casa palaciega que poseía en la villa y Corte de Madrid, con pesadumbre del rey al conocer la noticia.

Corría el año 1576. Isabel de Valois ya había muerto; con la nueva reina, Ana de Austria, la princesa no tuvo trato, pero grandes cortesanos acudían a visitarla, entre ellos, don Juan de Austria o Antonio Pérez, el secretario de Estado del rey, aquel hombre que revolucionó su vida, aquel hombre que se movía con habilidad en cuestiones políticas, aquel hombre al que le faltaba conocer el significado de la honestidad. Con una reputación oscura a sus espaldas, entraba y salía de casa de la princesa. Quizás para ella era una manera de volver  a estar en las entrañas de la Corte. Sin su marido, sin Isabel de Valois y con el rey distante, el centro del poder se le antojaba lejano.

Treinta y siete años y diez hijos no habían mermado su capacidad de seducción; la princesa seguía mostrándose altiva, orgullosa, seductora y atractiva; su nueva puerta de entrada al poder tenía un nombre: Antonio Pérez.

 

Antonio Pérez

Lola Sánchez Lázaro

Lola Sánchez Lázaro Ha publicado 85 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *