3.- Ascenso – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO #PrincesadeÉboli

A finales de 1557, Ana de Mendoza acuna ya a Diego, su primer hijo. Dos años después regresaría su marido definitivamente y comenzaría una nueva etapa como gran dama en la Corte del Rey Prudente. Llegaba a Valladolid donde la Corte estaba amenizada por dos reinas viudas, Leonor y María, hermanas de Carlos, y Juana, hija del Emperador, gobernadora de los reinos de España en ausencia de su hermano Felipe.

La joven pasó de la mano autoritaria de su padre a la potestad de su marido, al que manejaría a su antojo; la autoridad paterna se deshiela, la ahora condesa protegerá a su madre, la princesa Juana de Austria las arropará y mantendrá a su lado. El clamor del padre llegó a Ruy Gomes de Silva, Ana salió de la Corte, aunque no se alejó demasiado. Simancas fue el lugar elegido, unos guardias reales custodiaban el castillo, allí podrían estar a salvo de cualquier conato violento de su padre. No desobedecería a su marido, pero tampoco entregaría a su madre. Los “debe” comenzaban a cobrarse.

Y la vida, con sus vueltas y revueltas, siguió allanando el camino al portugués, gran privado del rey; su estrella, cada vez más alta, resplandecía en el firmamento.

Tres meses después de la muerte del Emperador, se celebraron sus solemnes funerales en Bruselas; Felipe II quiso honrar la memoria de su padre con un espectáculo que abarrotó las calles en esa última despedida. Un cortejo fúnebre impresionante que comenzaba con la fase religiosa y acababa con el desfile de toda la alta nobleza y la doble guardia real, española y alemana. Y antes de ello, en lugar destacado de aquel fúnebre desfile, aparecía el joven rey detrás del caballo sin jinete del Emperador. Y ahí, tras la imagen del caballo del duelo, aparece Ruy Gomes de Silva llevando la cola de la capa negra del rey; su presencia al lado del rey fue notoria. Poco después se le concedió el título de príncipe de Éboli. Su luz refulgía, su mujer se posicionaba, el camino aparecía sin cuestas ni pendientes, en volandas de un escenario a otro, sin casi tocar el suelo, levitando sobre aguas mansas y cálidas.

Pero el destino es caprichoso, su rueda gira indistintamente hacia un lado u otro, mueve los hilos a su antojo, hace y deshace sin consultar, ensalza y hunde, mata y da la vida.

 

Funerales de Carlos V

Lola Sánchez Lázaro

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