Pío Baroja y Viena Capellanes

Julio Caro Baroja lo cuenta en el prólogo de la edición de 1969 de Alianza y Salvat de “La busca”: Pío Baroja y su hermano Ricardo heredaron el negocio de su madre y se convirtieron en sus administradores. El negocio era la panadería “Viena Capellanes”. Yo no tenía ni idea de esta circunstancia y os aseguro que es una historia más que curiosa.

Carmen Nessi, madre de los Baroja, heredó de su tía Juana Nessi la panificadora ”Viena Capellanes”. Era la viuda del fundador, Matías Lacasa, que llamó así su negocio porque introdujo en España el pan de Viena y por estar ubicado en el edificio anejo al Monasterio de Las Descalzas Reales donde se alojaba el capellán. En ese mismo edificio vivía la familia Baroja Nessi y allí tenía su despacho el escritor Pío Baroja. Cuentan que para él fue un infierno compaginar las labores de empresario de la harina y la levadura y su vocación como literato hasta que pudo por fin dejar la tahona y dedicar su vida plenamente a las letras.

Cuenta en el prólogo su sobrino Julio Caro Baroja cómo aún con esa fobia al negocio, “Viena Capellanes” fue el caldo de cultivo para ese microcosmos miserable que retrata Pío Baroja en ”La busca”. Entre los clientes del “Viena Capellanes” de la época estaban la Casa Real y las más nobles casas madrileñas, pero también los figones y corralas más inmundos de Madrid.

Pío Baroja llevó con poca paciencia las bromas que constantemente le hacían al principio de su carrera literaria, cuando nada menos que un autor como Rubén Darío decía de él a un periodista: «Es un escritor de mucha miga, Baroja». Baroja no se quedaba corto y le contestaba así: «También Darío es escritor de mucha pluma: se nota que es indio».El posicionamiento político de Baroja era radical y lo expresaba así: “Siento, creo que espontáneamente, una fuerte aspiración ética… Esta aspiración, unida a la turbulencia, me ha hecho ser un enemigo fanático del pasado, por lo tanto, un tipo antihistórico, antirretórico y antitradicionalista… He dicho que soy antitradicionalista y enemigo del pasado, y, efectivamente, lo soy, porque todos los pasados, y en particular el español, que es el que más me preocupa, no me parecen espléndidos, sino negros, sombríos, poco humanos”. O esta otra opinión sobre Iglesia y Estado, un debate tan en la calle entonces: “Yo he sido siempre un liberal radical, individualista y anarquista. Primero, enemigo de la Iglesia; después, enemigo del Estado; mientras estos dos grandes poderes estén en lucha, partidario del Estado contra la Iglesia; el día que el Estado prepondere, enemigo del Estado”.

Estoy releyendo “La busca” y confieso que no entendí nada cuando la leí por primera vez como lectura obligatoria en el colegio. Tiene Baroja un sentido del humor genial y una capacidad de observación y descripción microscópica, muy del estilo naturalista de mediados del XIX.  El País recordaba como Pío Baroja comenzaba de esta forma deliciosa sus memorias de más de 2.000 páginas: “Yo no tengo la costumbre de mentir”. Maravilloso comienzo que debería estar en los anales de las obras memorialísticas.

En julio de 1936 una partida de requetés le detuvo en Itzea, su casa de Vera de Bidasoa, y pretendió fusilarle al reconocerle como ”enemigo de la tradición”. Estuvo encarcelado una noche y fue puesto en libertad al día siguiente por un oficial que admiraba su obra literaria; ese mismo día decidió exiliarse en París donde pasó la guerra civil. Cuentan que este oficial, siendo ya general, acudió al entierro de Baroja vestido de uniforme.

Pío Baroja murió el 30 de octubre de 1956 y fue enterrado en el cementerio civil de Madrid como ateo, con gran escándalo de la España oficial. Entre los que llevaron a hombros su ataúd estaban Ernest Hemingway y Camilo José Cela (deudor enorme de Baroja en su novela “La colmena”), los dos premios Nobel de literatura, los dos grandes admiradores del autor noventayochista.

Antonio Babío

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