10. El final – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO #PrincesadeÉboli

La princesa es despojada de todos sus derechos; definitivamente, su señorío feudal pasa a otras manos, al igual que la tutoría de sus hijos. Ana de Mendoza está sola, a excepción de su pequeña hija, Ana de Silva, que compartirá su confinamiento. Pocos años separan esta imagen de la de Juana I y su hija Catalina, aquella que acompañó a su madre en su cautiverio durante tantos años, aunque el destino de ambas fuera tan dispar; una, del encierro de Tordesillas a portar la corona de Portugal y otra, directamente a un convento franciscano.

El palacio ducal se convierte en una cárcel; fiestas, visitas o diversiones pasan a formar parte del ayer. La princesa ve su vida precipitarse por una cuesta demasiado empinada; sus reiterativos perdones al rey no obtienen ninguna respuesta. Demasiados asuntos se agolpaban en la mesa del monarca, uno de los más significativos, su pugna con Isabel I de Inglaterra. La enemistad crecía entre ambos países; el campeón de la Europa católica frente a la hereje Isabel, abominada por Roma. El desastre del enfrentamiento de las armadas sumió a Felipe II en una profunda congoja y desilusión.

Y para rematar la faena, ante la consternación del rey, que no daba crédito a lo que había ocurrido, Antonio Pérez consigue fugarse en la primavera de 1590. Aragón sería su primer destino para acabar  en tierras francesas. Felipe II no tarda en reaccionar; no dejaría que la princesa pudiera seguir los pasos de su antiguo secretario y reunirse con él. Las medidas para evitarlo no tardaron en llegar. Pastrana se convertía en una cárcel; rejas, contrarrejas  y tupidas celosías en todas las ventanas y balcones fueron el nuevo adorno del palacio. El altivo espíritu de la princesa torna lóbrego y apagado. Los sollozos de la princesa acompañaban a su angustia y desesperación.

                                     Nunca ofendí a mi Rey y señor

Palabras huecas cayendo en un abismo. El sufrimiento de aquella gran dama de la corte da paso a su enfermedad. En aquella estancia insalubre, con las piernas hinchadas, sin casi poder moverse del lecho, la princesa recibe los santos sacramentos. Siente que se le va la vida y así hace testamento en los últimos momentos; quiere que se cumpla su deseo de ser enterrada en Pastrana.

Pastrana, su gozo y su dolor, su pasión y su aversión, su amor y su odio.

El 2 de febrero de 1592, tras doce años cautiva, encontraba la libertad la princesa a los 51 años de edad.

 

Felipe II

Lola Sánchez Lázaro

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